52 semanas · #6 (II)


No tenía perfil de Facebook ni de diosa griega.
Tenía el pelo castaño claro con vetas de gris canario sujeto en un moño despreocupado, una camisa azul abierta y una camiseta de tirantes.
También tenía los ojos verdes, sonrisa hasta las encías y secretos que nadie adivinaría.

* * *

Era el entierro de su abuela. Ella tenía veintinueve y un grado en Farmacia y no había estado en aquel pueblo en los últimos diez años. La anciana siempre la había despreciado, quizás por ser atea o quizás por bisexual, pero le debía a su madre acompañarlos aquel día.
Simplemente asintió y abrió y cerró los labios articulando sin hacer ningún sonido las oraciones que le habían hecho aprender en su juventud, y después se colocó junto a los dolientes y estrechó muchas más manos que nombres recordaba, observando como algunos tampoco la reconocían. 
Realmente, no le importaba haber dejado de ser conocida allí. No le importaba que la dependienta de la tienda la mirase de aquella forma que solo reservaba para la gente que le resultaba extraña, que no era un número muy grande en aquel pueblo, y que las señoras en la plaza interrumpieran su charla a su paso la hacía sentir interesante, la mujer de ciudad con las gafas de sol de marca que nadie se atreve a contrariar.
Desde luego, sentaba bien que la respetasen aunque no la conocieran, después de todos los malos recuerdos de aquel pueblo. Habían sido diecisiete años de mierda, para ser justos. No tenía que pararse a pensar: solo mirar en un momento dado hacia arriba y encontrar la torre de la iglesia o alguna de las estampas de su madre y ya estaba en el colegio católico.
Si solo hubiera sido represión, si solo la hubieran hecho sentirse un monstruo cada día de su infancia y adolescencia y odiar el rosario por todo lo que representaba, quizás los cortes en sus muslos no serían tan profundos. Quizás hubiera luchado y hubiera mantenido su fortaleza hasta que le llegó el turno de ir a la universidad sin pena aparente ni gloria absoluta.
Quizás es una palabra muy amplia, pero se la lleva cualquier soplo de recuerdos. Porque quizás sí, quizás no, pero no sucedió así.

Siempre aprovecharon los recreos, el baño de las niñas, y las partes de debajo del uniforme que nadie miraría. Siempre aprovecharon la indiferencia de los profesores y su superioridad en número, y que nadie la escuchara gritar aunque todos la oyeran. Cuando les llegó la edad en la que el sexo ocupaba todas sus entrañas, tampoco se les ocurrió otro conejillo de Indias.
Quince años después, estaban casados y con trabajo fijo, acunando a sus hijos y mandando limpiar a sus mujeres, creyéndose los propietarios del mundo y sin haber salido de ese pueblo maldito. Ella los veía en el parque y en la plaza y no podía evitar andar más rápido, y no podía evitar darse asco y que le dieran asco, ni descolocarse del mundo y acabar chocándose con un ciudadano aleatorio, pedir disculpas en un gruñido y seguir su camino, esperando que no la hubieran reconocido.

Aún con las gafas de sol y el pañuelo y maquillaje de señora de ciudad, hubo un hombre con un abrigo largo, ríos en la cara, nariz torcida y constitución de saltamontes que no la dejó pasar como si fuera una pelota extraviada.
— Elia.
Había dicho su nombre con la suavidad con la que se le habla a un pajarillo asustado, pero ella no respondió con las mismas formas. Solo asintió, dijo «Padre» con voz transparente, incolora e insípida, y se dispuso a seguir su camino.
— Espera. Te acompaño.
Ella no tuvo fuerza para decir que no, que no quería molestarlo, y que iba en la otra dirección, fuera cual fuera la dirección del párroco.
— ¿Cómo estás?
Esa era una pregunta difícil de contestar y Elia no sabía por donde empezar a contestarla. No podía decir que estaba bien, porque ese mismo hombre le había hecho prometer que nunca le daría una respuesta tan corta y vacía.
— Tenía la esperanza de que pasara más tiempo hasta tener que volver.
No se refería al fallecimiento de la anciana, Hugo lo sabía perfectamente, y no le provocaba ningún rechazo. Al fin y al cabo, él había sido el único soporte de Elia y la única pared entre la joven  y la muerte. Al contrario que todos los que la rodeaban, no le importaba que pudiera querer a chicas y chicos por igual, o que no quisiera creer en su Dios.
— Pero te irás pronto.
— Solo estaré una semana —asintió Elia, pasando la mano por encima del seto de los jardines de su izquierda.  
— Bien.
— Bien.
Detrás de las gafas, la mujer lloraba, y aunque agradecía poder esconderlo ante el mundo, no intentó evitarlo. «Se llama gerontofilia», quiso decir, «y no es una enfermedad. El amor no es una enfermedad».
— ¿En qué estás trabajando?
— En un laboratorio.
Había perfeccionado la habilidad de hablar sin la voz rota aunque estuviera llorando desde muy pequeña, cuando llorar sin motivo aparente para sus padres le valía un castigo.
— Hago medicinas.
— ¿Has hablado con alguien?
— Voy al psicólogo.
Sabía que estaba mirándola intensamente, buscando sus ojos, pero ella no los apartó del fondo de la calle.
— Elia.
Por favor, no digas mi nombre. No digas mi nombre así.
Lo que sintió cuando él le quitó la lágrima que ya había escapado de las sombras de los cristales oscuros  de la mejilla no fue un escalofrío: fue una sacudida. La calle estaba desierta, pero la mujer deseaba que el pecho no le temblara como una hoja al viento. Deseaba poder tener doce años otra vez, y poder correr a su despacho después de la tortura y abrazarlo sin más hasta ser capaz de respirar normalmente otra vez.

Hugo se puso delante de ella para secarle las dos mejillas, y Elia no pudo más.
Él mantuvo el abrazo sin decir una palabra. No le molestaba que se refugiara en él. Quería que se refugiara en él.
Pero, mientras la besaba en el pelo, también estaba irrevocablemente convencido de que tenía que encontrar otro refugio.

* * *

Una bala enquistada en el corazón durante treinta años no es una enfermedad terminal, pero sí crónica.
Elia había vuelto a sonreír y a amar, había viajado y había sentido mil sensaciones hermosas y había sido feliz, pero la bala seguía ahí, y seguía clavándose en su pecho cuando el recuerdo lo veía oportuno.

* * *
— Elia.
Cerraron la puerta tras ella y no esperó a acercarse a la cama para empezar a derramar lágrimas del vaso que llevaba treinta años lleno.
— Por favor, no llores por este viejo —dijo, recogiendo el agua salada que ya se acumulaba en su mandíbula para bajar a la barbilla.
— No puedes pedirme eso —replicó ella, aunque sonrió débilmente.
Su manos se encontraron en la sábana del hospital, y se entrelazaron dedo con dedo, como si se estuvieran salvando de caer al vacío.
— ¿Vas a quedarte?
Ella sonrió con todo. Sonrió con los ojos, la boca, las piernas, las cejas y las orejas, se llevó el lazo de manos a los labios y besó los nudillos de Hugo.

— Siempre.

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