52 semanas · #6



Le había costado una eternidad coger ese avión.

En realidad, le había costado una eternidad coger ese avión, y ese autobús, y abrir la puerta del hotel, aunque Gareth estuviera a su lado en todo momento, apretándole la mano. Podría haber sido en aquella misma habitación. Christine miró las dos camas separadas que la esperaban ahí dentro, su subconsciente las unió inmediatamente en santo matrimonio y ella tuvo que sentarse en una de ellas. Su compañero pasó su delgado brazo por encima de los hombros de la mujer, y ella no necesitó más para abrazarlo por la cintura. A través de la ventana, el Mediterráneo brillaba bajo un sol que, en su Salisbury natal, hubiera sido de los mejores días del verano. Sin embargo, los profesores de historia estaban en las vacaciones de primavera. Decidir su destino no había sido sencillo, ya que era el mismo que Dani –Danielle, su Danielle—había elegido exactamente veinte años atrás. Y jamás había vuelto.
Gareth, guiri de almacén, metro ochenta, camisa de cuadros y gafas colgando del cuello, frotó el hombro de Christine. Aunque hubieran pasado treinta años sabía que el dolor estaba ahí, quizás emborronado, pero con una intensidad devastadora.
- Vamos, Christine –dijo, apartando un rizo de un castaño desvalido de su cara--. El sol te hará bien.

“En realidad, no importaba de qué tratara el libro, lo importante era lo que significaba”.

Christine quería odiar a la joven que le estaba sirviendo vino en aquel momento, pero le era completamente imposible. Ava tenía nombre de musa, la trenza morena, los ojos azules y un padre estúpido. Oh, su padre. No había nada que le impidiera odiar a su padre. Eminente hombre de negocios con dos casas en Madrid, piso en Londres, millones para regalar y ni un instante para su hija. O quizás no había tenido la valentía necesaria para ver a Christine. O quizás no había tenido las ganas suficientes.
- La ladrona de libros –dijo Gareth, señalando la acuarela que había apoyada en el aparador del comedor. Christine también se había fijado en ella—. Es uno de mis libros favoritos.
- Me sacó de un bloqueo lector hace algún tiempo –respondió Ava, con una sonrisa--. Le tengo mucho cariño. Me recordó lo que significaba leer. No recuerdo a mamá, y, ya sabéis, mi padre…
La joven negó con la cabeza.
- Mi padre se centraba en sus hoteles. Así que tenía que hacer mi propio mundo.
Christine no podía odiarla. No podía odiar su leve acento español, no podía odiar sus fotografías, ni sus trabajos como diseñadora gráfica, y, por supuesto, no podía odiar los hoyuelos que se formaban en sus mejillas al sonreír, o los ojos claros, o su nombre, porque esos eran de Danielle. Danielle, la chica del pub que le había enseñado por qué nunca había tenido novio. Danielle, que le había hecho ver cada película de Ava Gardner. Danielle, que había estado con chicos y con chicas, porque lo que le importaba era la persona, y no el género. Danielle, que quería pasar el resto de su vida con Christine.


Danielle, que se había ido después de aquella pelea, que había empezado cuando le había dicho a Christine que iban a ir a América, Christine había dicho que no podían ir a América, y Dani se había ido sola, con escala en España, donde había dejado un año de su vida y una hija que era una copia de ella con el pelo moreno, y que Christine había encontrado en la universidad de Salisbury, algunos años atrás.

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