52 semanas · #5 (Primera parte)

21:38

Nota: A efectos finales, este relato dividido en varias partes contará como uno solo para el reto de las 52 semanas


I

I know you’ve suffered
But I don’t want you to hide


Abadía de Montecasino, Italia, baja Edad Media

Drest no sabía cuánto tiempo llevaba en aquel monasterio. 
En realidad no podían ser más de veinte años ni menos de cinco. Si hubieran sido más de veinte, se hubiera despertado en la celda del abad. Si hubieran sido menos de cinco, el joven monje que había en la cocina no se hubiera puesto en tensión al verlo.
El alcohol, resolvió el hombre, siempre le había sentado mal, desde aquellas primeras bebidas que tenían el objeto de mantenerlo caliente en su Éire natal a los espirituales que destilaban en la abadía. Y ya tenía una edad. Un fuerte mareo lo hizo apoyarse en la mesa de la cocina y pedir agua con la voz ronca, que el monje trajo antes de que Drest acabara de  quejarse mentalmente. 
- ¿Hermano?
- Solo estoy un poco débil. 
Tenía las manos finas pero llenas de callos de alguien que lleva una vida trabajando.
- Nada importante, espero. 
También tenía una voz muy dulce. Drest levantó la cabeza para encontrarse con que sus facciones también eran suaves, pero que su pelo castaño tenía algunas motas más claras. Sus rasgos le habían hecho creer que era mucho más joven en un principio. Su mente volvió al funcionamiento. Julio, acababa de pasar los cuarenta. Había compartido con él dos de los siete años que llevaba entre esos muros. No sonreía mucho, pero tocaba la flauta como si los ángeles se hubieran molestado en bajar a la Tierra a enseñarlo.
- Hermano Julio, hermano Tristan, estáis aquí.
El abad, menudo y entrado en carnes, recordaba a una rata dispuesta a morder cualquier cosa que se quedara a la distancia suficiente, y en ese caso la muerte estaba entre él y aquel hermano Julio.
- Tristan –Drest se dio cuenta con un segundo de retraso de que aquella era la latinización de su nombre—os buscaban en la biblioteca. Hermano Julio, conmigo.
- Estaba trabajando con el hermano Ampelio.
Era más que evidente que Julio preferiría continuar sus labores con el herbolario en vez de con el abad, pero tampoco tenía elección. Él había sido el trozo de queso elegido.
El subconsciente de Drest lo llevó a la biblioteca mientras él intentaba explicarse como se las había apañado él para dormir la mona saltándose las oraciones hasta aquellas horas  de la mañana. Debería haberle bastado con saber que nadie había dado la voz de alarma, y recordar que para los que vivían en aquella abadía, su existencia estaba constituida por los siete años que llevaba allí, desde que había llegado del norte. Era el monje de complexión fornida, cabello castaño con pinceladas de plata y unos ojos verdes claros que más de uno creía signo de brujería que se ocupaba de la biblioteca y de leer en la comida los días que le tocaba. 
Pero aun así, unas horas después en el refectorio,  seguía sintiéndose como si hubiera salido de un largo sueño y la realidad no hubiera existido hasta que vio a Julio en la cocina. Aquello era algo tremendamente irónico considerando cuanto tiempo llevaba existiendo, se dijo, mientras saludaba al hombre, que acababa de tomar asiento a su lado.
Si se paraba a pensarlo, no era tan extraño que hubiera sido Julio quien lo hubiera sacado de su sopor, porque era un hombre profundamente estricto en sus modos que influía tal respeto que sus compañeros sentían en ocasiones que estaban en presencia de un noble y no de alguien procedente de una familia que se había empleado sangre, sudor y lágrimas en conseguir su entrada al monasterio. Y no era simplemente que tuviera la presencia de un noble: también poseía esa flauta, un instrumento refinado de madera que nadie había podido someter a la regla estricta del “Ora et Labora” por la belleza de la música que producía. En hermano Julio, en concusión, era una criatura más cercana del cielo que de la tierra para la mayoría de los monjes.  

Sin embargo, el abad, que era el único que había estado en contacto realmente con estos modos de nobleza, era también el único que se sentía capaz de intentar mirar a través de ellos. En los últimos meses, el cambio del ajado hortelano que les llevaba las ayudas del pueblo en su carreta por su joven y virtuosa hija, que lo sustituía porque había caído enfermo ante los rigores del invierno, había despertado en Pietro los mismos sentimientos devastadores que aquella criada de su padre hacía cuarenta años. Y aunque había fantaseado con desfogarse con la hija del hortelano, en el mismo momento en el que tocó su carne blanda de oveja asustada supo que no era lo que buscaba. No: aquella carne era la que había probado cuatro décadas antes. Lo que quería era las formas de noble del hermano Julio, y sus palabras que caían en todo el que escuchara como la lana mejor refinada.
Su hermano le había dicho en cierta ocasión que forzar a una mujer era tenerla en su contra para siempre, mientras que si la ganaba, podría usarla las veces que quisiera, y Pietro creía que se aplicaba al caso. Sus andaduras comenzaron con aquel encuentro en la cocina, tras el cual lo llevó al bosque para buscar ciertas hierbas que necesitaban en la abadía, y seguidamente, empleó cada oportunidad que tenía para intimar con Julio, en una manera que esperaba que no fuera demasiado notoria.

Pietro no era ningún maestro en sutilezas, y Julio, que ya había sido cortejado en otras ocasiones, conoció sus intenciones desde el primer movimiento. Los otros monjes, que no habían sido expuestos a situaciones semejantes, no vieron la corrupción del abad por su inocencia. La única excepción a esta regla fue Drest, que aunque desorientado, empezó a sospechar en la cocina, recogió pruebas cuando el abad y Julio llegaron los últimos y a la vez al refectorio y confirmó su teoría el día siguiente, después de los maitines, cuando Pietro, que pensaba que nadie miraba, rodeó con su brazo izquierdo los hombros de Julio –cosa harto dificultosa considerando que Julio era una cabeza más alto que él—y le dijo algo en el oído, dejando su cuerpo tan cerca del hombre que Drest estuvo totalmente seguro de que había notado sus formas a través de la tela. 
Drest sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Definitivamente, se alegraba de no ser el que recibiera las devociones del abad.

Durante los siguientes días, en los que el celta recuperó su memoria por completo,  el comportamiento descuidado del abad se mostró tan evidente a Drest que el hombre se cazó a sí mismo queriendo tomar medidas en algunos momentos. No sabía si Julio era muy inocente o muy paciente, y la carencia de reacciones ante la situación llegó a frustrarlo hasta tal punto que toda tarea que no implicase fuerza bruta lo dejaba incómodo y en busca de respuestas. Nadie pareció acusar el dramático cambio de aires del hermano Tristan del aire viciado de la biblioteca al huerto, dónde llegó a sustituir a todo el que se prestase. Quizás no lo tomaron en serio porque para ellos, los libros no eran tan importantes como el sustento, pero Drest estaba pasando por una de sus fases en las que oprimía sus pensamientos, que bullían contra la injusticia, con el cansancio físico. La única pega de estos períodos era que además de cansar a Drest físicamente, implicaban un cansancio mental, ya que mientras manejaba la azada queriendo ser nada más que un animal de carga, estaba manteniendo un control férreo con sus pensamientos rebeldes, y todo aquello acababa en un doble cansancio --físico y moral-- que lo dejaba poco menos que a las puertas de un estado como en el que lo había rescatado Julio en la cocina. Fue el mismo monje, y con la misma excusa, el que lo sacó de su concentración máxima, la mañana de un caluroso día de primavera. 
- Hermano Tristan, deberíais refrescaros. 
Sus palabras albergaban la sutileza de una orden que el subconsciente de Drest --el que gobernaba en ese momento-- no se atrevió a desafiar. 
Drest bebió sin más, pero no dejó de notar los ojos de Julio clavados en su espalda. aún cuando este sacó la flauta de su funda de cuero y emitió algunas notas para afinar. Después,  como si no le importara absolutamente quien estuviera escuchando, comenzó a tocar una melodía que a Drest le pareció destinada a la tierra o al cielo, pero desde luego no a los mortales que vivían con él. 
- ¿Desde cuándo? --se vio preguntando Drest, cuando se retiró el instrumento de la boca.
- Desde hace mucho más tiempo del que la mayoría de personas podrían jactarse -respondió, guardándola. Drest se vio tentado a quejarse y a pedir otra, pero se contuvo a tiempo. Ya habían hecho una pausa bastante larga, y además, no estaba seguro de que Julio fuera a contar con su opinión a la hora de volver a tocar o no.
No volvieron a cruzar palabra, pero lo cierto era que Julio no parecía de muy buen humor. Tuvo el ceño fruncido todo el tiempo excepto en la pequeña pausa que empleó para tocar, y su mirada era la de un hombre que no tenía muchas ganas de estar trabajando en un campo bajo el sol implacable. O haciendo cualquier otra cosa, pensó Drest, mientras se encaminaban al refectorio para ir a por su almuerzo. Desde luego, no creía que el abad fuera a recibir menos que una mirada asesina a cambio de sus tratos aquella vez. 
Aquel día, se sentaron juntos en el banco, a una distancia bastante respetable de Pietro. Tras la oración pertinente, entablaron una conversación con el hermano herbolario, quien después de disculparse con Julio, les confesó que menos de la mitad de las hierbas que había recogido con el abad la semana anterior eran medianamente útiles para él, y que iba a salir tras la comida para recolectar algunas más. Drest se interesó por las hierbas que iba a buscar, mientras que Julio, sentado entre ambos, hubiera parecido un objeto inanimado de no ser por el movimiento que hacía al llevarse la cuchara a la boca. Después de atender a la Sexta, en la que el abad tuvo los ojos fijos en Julio en todo momento,  el hermano Ampelio salió con ellos al claustro, y se despidió de Julio y Drest con una inclinación de cabeza. Los demás monjes se dirigieron a sus celdas o la biblioteca, que fue el lugar que Julio eligió. Tras sus pasos, caminaron el abad, Drest, y otros pocos que buscaban ampliar sus conocimientos. Fue uno de estos hermanos el que horrorizado se detuvo cuando solo quedaban unos pasos para llegar a la biblioteca, llamando la atención de Julio y todos los que venían detrás. 
- Hermano Julio –dijo el hombre, con voz temblorosa—estáis sangrando.
- Debe haberse abierto la herida que os hicisteis antes, en el huerto –intervino rápidamente Drest, antes de que el corro en torno a Julio se consolidara. Mientras tanto, el flautista ya había limpiado las gotas de sangre del suelo de piedra con su hábito--. Tendría que haber seguido mi consejo y acudir al hermano Ampelio antes de que se hubiera marchado.
- Aún estamos a tiempo para llamarlo –dijo el abad, que parecía dispuesto a correr detrás del herbolario si era necesario.
- No lo moleste. Me ocuparé yo mismo. 
- ¿Está seguro, hermano? ¿Necesitará ayuda?
- No se preocupe, abad. Me basto y me sobro. 

Julio no gritó cuando Drest entró en su celda sin llamar, pero no pudo evitar emitir un resoplido de sorpresa.
- ¿Qué hace aquí?
Su voz tenía un tono sorprendentemente calmado, que casi divirtió a Drest. 
- Considerando que el abad me mira como si hubiera cometido sodomía con usted en algún momento de la mañana, creo que merezco algunas respuestas –respondió él, sentándose en el catre con toda normalidad.
- Muchas gracias por su atención, pero de hecho tengo una vieja herida que se abre de vez en cuando –dijo él, de brazos cruzados--. Se lo explicaré personalmente al abad para evitar toda sospecha en él, posibilidad que, de hecho, usted ha incrementado viniendo aquí –concluyó, abriendo la puerta de manera que poco antes su interlocutor había cerrado.
- Dígame, hermano Julio, ¿cómo piensa explicarle al abad que su herida se abre cada ciclo lunar?
La hoja volvió a encajarse en el marco a la vez que Julio giraba el cuello violentamente. 
- ¿Se ha hecho daño? –preguntó Drest, adoptando un gesto preocupado.
- He vivido cosas peores –replicó. Clavó sus ojos marrones en los verdes de Drest, y tras una breve lucha, se resignó a sentarse a su lado.
- Cuénteme su historia.
- Es mucho más larga que todo lo que se podría contar hasta la nona, y, francamente, ni usted la creería, ni yo voy a contársela. 
- Entonces, la adivinaré. La prometieron con un viejo a los trece años. Huyó, pero pensó que sería demasiado obvio ir con mujeres, así que se disfrazó de hombre y pagó su entrada donde nunca la buscarían. Sin embargo, cuando sus curvas empezaron a hacerse obvias, tuvo que ir a otro lugar. Y después, a otro. Y siguiendo esta línea llegó hasta Montecasino.
Por como lo miraba, Drest pensó que estaba a punto de decir que aquello no estaba más lejos de la realidad, pero finalmente, asintió. Aquella historia estaba lejos de sorprenderlo, pero podía adivinar que había sufrido. Quizás no más que con el viejo con el que estaba prometida, pero posiblemente en igual modo.
- Si piensa que por tener conocimiento de mi situación va a sacar algún tipo de provecho, sepa que pagará cada afrenta. Y yo cobro ojo por ojo. 
- Hermana…
- Hermano.
- Hermano, nadie en su sano juicio le pondría una mano encima. Parece usted venid…o de otra parte. 
- No se equivoque, hermano Tristan. Vengo de un lugar muy lejano.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, Drest capturó la misma aura de sobrenaturalidad que había caracterizado a su melodía antes, en el huerto. 
- Me gustaría conocerlo –explotó. Dicho estaba. Ahora solo quedaba continuar—. Me gustaría conocerlo a usted y a toda su historia. Siempre he querido hacerlo. Pero lo he estado observando estos días, he visto como lo desea el abad, y ahora he visto que no es la primera vez que sufre algo parecido, y no quiero que sufra. Por eso he venido. No me gusta que la gente sufra. No se esconda de mí.
- Sus argumentos son casi pueriles –le espetó, mirando hacia otro lado--. Y no voy a aceptarlos. Salga de esta celda inmediatamente. 
- Hermano…
- Además de defender argumentos pueriles, es usted un hipócrita.
Esa vez lo miraba a los ojos de nuevo, y Drest sintió que aquella mirada había traspasado su cuerpo, y había conocido su alma en toda su extensión.
- Quiere conocerme, como si fuera una criatura de los bosques, pero usted mismo es un dragón centenario. ¿Qué clase de monje tiene esas cicatrices? ¿Y su tatuaje?
Su tatuaje estaba, de hecho, en un lugar bastante inaccesible a la vista. Drest frunció el ceño.
- ¿Ha estado espiándome?
A ella le tembló la mandíbula.
- Vine aquí para huir de alguien. Tengo que estar alerta. No sé por qué estoy hablando tanto ¡Fuera!
Drest, ya levantado, la observó otra vez. La vivió. Los músculos tensos, la mirada inquieta, calculadora, los nudillos blancos. Podría jurar por su vida, por Dios, por la Santísima Virgen que no iba a revelar nada, pero ella ya había tomado una decisión. No iba a volver a verla en aquel monasterio. Fue allí para huir de alguien, y quería huir otra vez para borrar cualquier rastro. No iba a haber hermano Julio en la nona.
- Dime tu nombre.
Después del suspiro, sonó como un cantico. Una I por el sonido de J que ya empleaban en aquello que se llamaría Edad Media, la ele caída, la a que ya no era importante.

You Might Also Like

0 comentarios